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Rivero plasma pensamientos y no emociones (por Harold M. Cooper)

Sus obras reflejan lo intricado y complejo de sus pensamientos matemáticos. Una mezcla de colores refleja dichos pensamientos imposibles de entender por algunos. Bajo el seudónimo de Tupamaro Maracucho realizó una serie de exposiciones colectivas de obras, reflejando con su particular estilo sus pensamientos políticos. Rubén Rivero Capriles posee una amplia colección de obras en pastel y acrílico, en las que invita al espectador a encontrar formas, ideas y razones en la diversidad de colores y trazos entrelazados de su obra. Su estilo es una simbiosis de neopuntillismo y neofauvismo, plena de colores vivos. Es su manera de expresar lo que siente y cree pensar, que muchas veces con simples palabras no quiere comunicar. Predomina en él la tendencia de dibujo abstracto en pastel y carboncillo, donde plasma pensamientos en lugar de emociones. A partir de 2012 comenzó a experimentar con la pintura en acrílico.

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Nace en Caracas en 1972. De pequeño tuvo una gran sensibilidad por las artes y los temas socioeconómicos de la época, con una personalidad irreverente. Se gradúa de Bachiller en Humanidades en el Colegio San Ignacio de Loyola en 1989, luego obtuvo una beca para estudiar en The Armand Hammer United World College of the American West obteniendo el grado de Bachiller Internacional en 1991, título que le sirvió para obtener una beca de estudios universitarios en el prestigioso Hamilton College en Clinton, NY, donde decide estudiar Matemáticas puras, obteniendo el título de Bachelor of Arts en 1995. A la par se inscribió en un curso de pintura y otro de escultura.  Rubén Rivero Capriles ha exhibido seis veces en el Museo Caracas, como también en Casa José Martí, Parlamento Latinoamericano, Galería de Arte Nacional, Cámara de Comercio de La Guaira, Ateneo de Guacara, Alcaldía de Maturín, así como en la exposición fotográfica itinerante Venezuela Compartida en La Flor de Venezuela en Barquisimeto y en otras localidades del occidente del país.

Harold M. Cooper. Caracas, 26 de mayo de 2014

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el Sábado 7 Junio a las 11 am, en el Ateneo de Guacara estado Carabobo, será la apertura de la Exposición de María Rangel de Rada, Carlos Silva y Rubén Rivero, en el marco de sus 44 años de su Fundación. Invitamos a ustedes a honrarnos con su compañía.

La profusión vital de Rubén Rivero Capriles (por Perán Erminy)

En sus obras de estos años recientes el pintor Rubén Rivero Capriles no se plantea una indagación formal de los efectos visuales posibles en sus combinaciones de colores. No trata de problematizar racionalmente ni metodológicamente sus experiencias con las manchas extensas o breves de colores ni con los signos y grafismos de sus dibujos. Ya todos esos saberes y técnicas las fue adquiriendo necesariamente a lo largo de unos cuantos años de práctica inquieta, a veces frenética, en el oficio de la pintura. No es que ya domine todos los secretos del arte, que no terminan nunca. Simplemente deja que la obra tome su impulso y alce el vuelo. Aunque a veces no salga sin algún forcejeo.

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Hace unos años, años convulsos para el país, la pintura de Rubén Rivero rompió violentamente contra todo lo establecido (en el arte, y tal vez también en la vida). La suya era una pintura crispada, panfletaria, hecha como a gritos. No se limitaba a criticar al lenguaje del arte, como es lo usual en los artistas, sino que criticaba sobre todo a la realidad, a la poca y maltrecha realidad que nos queda. Rivero no se inspiraba en la obra de Basquiat, como lo hacen todos los artistas subversivos, callejeros o no, de los últimos treinta o cuarenta años. Tampoco siguió el modelo del expresionismo abstracto norteamericano de los años sesenta (o finales de los cincuenta), con su tremenda carga libertaria de transgresión y de cambio. Prefirió pintar “como le da la gana”, como siempre lo ha hecho. Supo, entonces, del fracaso del arte como medio de salvación. Pero sigue, como todo artista verdadero, empeñado en hacer lo imposible. Su furia interior lo asoma al “humor negro”, al usar la desesperación y la rabia como elementos lúdicos (de juego) del arte. En esos años de feroz combate interior y exterior, su pintura salió venciendo. Fue perdiendo la arbitrariedad y la incongruencia que le imponía su autor. Dejó de estar sumisa a los excesos y abusos del artista, y terminó por hacer valer sus propios derechos y la autonomía de sus funciones artísticas. Lo que no perdió Rivero es el deseo de librarse de lo que Weber llamó “el desencantamiento de la cultura moderna” (o del mundo moderno). El “reencantamiento” suena cursi, pero no lo es tanto. Es lo que se manifiesta en sus trazos impetuosos, sus manchas bruscas, impulsivas, al borde del desastre, negadas improvisadamente en el cuadro, de un modo repentino, como lo exige un estado de ansiedad, a juzgar por la premura (innecesaria) de la ejecución, siempre tensa, nerviosa, espontánea.

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En la medida en que avanza el trabajo de la pintura, se va sintiendo, imperceptiblemente, como un pálpito, un angustioso vacío. Es el viejo “horror vacui”, el terror al vacío, que no se refiere a las partes inconclusas de la obra, sino al acercamiento simbólico de la muerte, a la inminencia sensible de la muerte, del vacío, de la nada. Esa ansiedad es la típica experiencia emocional moderna. Expresa el sentido de aislamiento, de soledad, de vacío, de abandono y de desamparo, que es inseparable del anonimato moderno, como lo afirma Donald Kuspit en su ensayo sobre el instinto de la muerte en la pintura. Posiblemente la presencia oculta e imperceptible de esa angustia óntica, de la cual los artistas casi nunca se dan cuenta, sea la que genere la emergencia de la energía creadora que anima las obras de Rubén Rivero y les infunde el poderoso sentimiento de vitalidad que expresan con profusión.
 
Perán Erminy. Caracas, 26 de mayo de 2014